Mi abuelo que no era mi abuelo
viernes, noviembre 03, 2006Hace dos años estaba lloviendo de la misma manera en la que llueve en este momento. Tal vez no era igual, no sé, no importa. Estaba esperando que me dijeran algo. En todo caso, sentía todavía una fuerza impresionante, una calma, un bienestar, una vocecita que me decía que todavía era posible tener algo cierto. Y luego me dijeron que no. Pero no fue el llanto, fue esa extraña parálisis que me da siempre que por fin pasa algo, ese peso insoportable que me impide correr, gritar, lo que sea.
Escribo esto porque quiero creer que todavía hay algo, que todavía puedo esperar.
Hace dos años se fue no sólo alguien a quien amé de verdad –porque no sé si el amor sea esto – se fue una posibilidad de que mi vida tuviera un espacio donde la sinceridad fuera posible. Donde yo fuera más que la esperanza frustrada, la continuación posible de un plan que jamás se llevó a cabo.
Cuando mi abuelo murió fue como si me hubieran dicho “corte” y hubieran desmantelado toda la escenografía sin que yo me moviera un centímetro. No logré comprender no el hecho de que hubiera muerto, sino la relación profunda que su muerte tenía con el fin de lo que yo creía que podía ser mi vida.
De mi abuelo, no sé mucho. Tal vez porque no era mi abuelo, porque no era el padre de mi madre. Al padre de mi madre no lo conocí y la verdad, poco me importa.
Mi abuelo no era mi abuelo como tantas de esas cosas en mi vida que no son y nadie entiende en esta familia de hijos negados, segundas nupcias, madres solteras, tías solteronas, mujeres demasiado alegres, hombres que maltratan, tíos que manosean, fanáticos religiosos, gente pobre y gente más pobre, familiares en la cárcel, madres que abandonan, hijos que golpean, padrastros que abusan, hermanastros que procrean.
Mi abuelo no era mi abuelo y tal vez por eso, por no ser mío, se convirtió en algo infinitamente más grande que lo que yo pueda aspirar a ser algún día. Era un campesino, rudo, de vozarrón para arriar bestias, con los más hermosos ojos claros que jamás he visto y con la absoluta convicción de que no necesitaba nada, que Dios ya le había dado todo.
De chiquita pensé siempre que yo no le agradaba. Él decía que yo era muy mimada e imponente, y me aterra ver que no he cambiado. Tenía razón el viejo, y su única alternativa era mostrarme que no importaba nada de lo que yo creía, que la única verdad estaba en otro lado.
Mientras mis padres veían en mi “inteligencia” una esperanza, casi una salvación, mi abuelo sabía que la tan famosa “inteligencia” es una pose, que por cierto, he ido olvidando. Él sabía que sin importar las medallas o las felicitaciones allá, adentro, había una niña que estaba sola y necesitaba que alguien la ayudara a bajarse de semejante altura. Él sabía que me estaba quemando, mientras mis padres creían que brillaba. Él sabía que a esa niña chiquita la habían tocado y que las manos de los hombres sólo sirven para romper a las niñas chiquitas.
Cuando me regaló los cuentos de los hermanos Grimm yo ya era una mujer de esas a las que se les nota en los ojos que la niña se les está muriendo… él luchó con todas sus fuerzas para que viviera. Me permitió reconciliarme con la desgraciada que todas las mañanas me saludaba en el espejo y volver a ver mi rostro de niña detrás de la imagen de mujer ruda.
El nunca terminó el colegio, mucho menos fue a una universidad. Sin embargo, no existe una persona en el mundo de la cual yo haya recibido alguna enseñanza en verdad importante, sólo él.
Era un hombre generoso, que nunca cerró a nadie las puertas de su casa en la que, aunque nadie lo creyera, jamás faltó nada. Todos acudían a él en busca de consejo, de alimento, de vivienda; él jamás dijo que no aún cuando la mayoría de ellos abusaran de su confianza, intentaran estafarlo, lo abandonaran.
Fue el padre que necesité cuando mi padre ya no pudo más conmigo. La madre que necesite cuando mi madre ya no pudo más con ella misma. Me abrió las puertas de su casa y quiso a mi hijo como el primer bisnieto que tanto deseaba aún cuando sabía que su hijo ya iba a ser padre también.
Me puso por delante de muchos, me defendió frente a todos; confió en mi criterio y siempre me deseó lo mejor a pesar de la rabia y el dolor profundos que le causaba ver mis malas decisiones.
Me enseño a jugar cartas, parqués y dominó.
Me hizo leerle la vida de Gengis Khan, cuando la ceguera lo alcanzó.
Me decía reina.
Hoy estaba pensando en lo insignificante de mi vida, lo común y corriente de mi historia. Mis padres fueron dos muchachitos que no se cuidaron y terminaron recibiendo la sorpresa de mi vida; mi llegada los limitó, les cortó las alas, les impidió ser lo que querían. Mi papá dejó el teatro, mi mamá la sicología. Mi papá se volvió abogado, mi mamá contadora.
Hicieron plata,se volvieron gente de bien.
No he viajado, escasamente sé en dónde estoy parada…
No he leído, no he escuchado, no tengo nada mío.
No merezco los amigos que tengo, no voy a ser una estrella de rock y menos un premio Nóbel.
No tengo estrella. No soy brillante, me quemé hace tiempo.
No tengo un pasado glorioso.
No soy más que otra de las miles de niñas clase media nacidas en Bogotá el 26 de agosto de 1982.
Tuve un abuelo. Mi abuelo que no era mi abuelo, Benjamín.
Él fue real y eso es lo único que hoy me importa.

4 comentarios
Gracias noviembre!
ResponderBorrary bueno, siempre es alentador que alguien entre por acá a visitarme. Un abrazo para tí también!
Puedo ponerme cursi y decir:
ResponderBorrarasí que te quemaste hace tiempo, claro, debes ser como esas estrellas que se murieron hace añares y todavía nos sigue llegando su luz. Porque eso me llegó: tu luz.
Te lo dice otro abuelo.
Fontana:
ResponderBorrarme pongo cursi yo y te digo gracias porque estaba alborde del abismo...todo ha estado muy confuso últimamente y encontrar algo real siempreme ha sido muy esquivo.
Un abrazo!
Me gusto mucho la historia de tu abuelo.
ResponderBorrarYo tambien extraño mucho a mi abuelito :(
Verifique la conexión cerebro-teclado.