
Me emputa la lambonería. Me emputa la gente que puede pasar sin darle un buen regalo a su chino en el cumpleaños pero tiene que ser la que más pone para la vaca del cumpleaños del jefe. Me emputa la gente arrodillada que no tiene otra forma de destacarse distinta a su amabilidad y "acomedimiento". Me emputa cuando la gente no es acomedida por vocación sino por conveniencia. Me emputa la gente que a la más mínima voz de plata o de nimio reconocimiento es capaz de vender a la mamá con tal de congraciarse con el mundo.
A todos nos ha pasado. Tenemos un compañero de trabajo que no hace nada, consumido por el desorden, mediocre como él solito el pobre (aunque él se cree el pipí del niño Jesús), ahorcado con la cantidad de vainas que todavía tiene pendientes; en la época de renovación de contratos o de ascensos o de restructuración, acudimos a una transformación más que milagrosa: del desorden de antaño, la quejadera, la falta de planeación, todas esas virtudes que caracterizaban al sujeto en cuestión.
Es diferente ser un genuino culipronto (el que siempre ofrece su ayuda desinteresada, de corazón y se ofrece para hacer tareas porque quiere y no porque busca congraciarse, el que ayuda y cede el puesto, el buena gente por excelencia, miembro de ANACUPRO ) a ser un arrodillado convenenciero.
Conozco personas que son capaces de negar los principios que les inculcaron en sus casa, de cometer fraude, de traicionar amigos de acusar a gente inocente de actos innombrables y mostrarse impasibles frente a las consecuencias con tal de mantener su imagen frente a los superiores de turno.
Conozco personas que siempre están de acuerdo con la opinión del jefe así los perjudique. Y esa gente suele ser tan estúpida que a veces no se entera de que los comentarios despectivos del jefe también van dirigidos hacia ella.
¿Vale la pena ser lambón? Probablemente sí. Más allá de ganarse el desprecio de sus compañeros de trabajo, de verse expuestos al ridículo constantemente y de poner de manifiesto su mediocridad excesiva, los lambones suelen lograr lo que quieren: perpetuarse en sus tareas triviales, asegurar el sueldo, convertirse en parte del mobiliario de la empresa. A la vez, se les reconoce como personas faltas de criterio y carácter y todos los que les rodean tienen claro de que son palomas mensajeras del jefecito.
Si lo que uno quiere es asegurar sus tres monedas mensuales, sí. Vale la pena ser lambón.
Con los cambios de administración de las organizaciones los lambones suelen salir. y su falta de mérito les impide reubicarse de manera rápida; lo importante es que tan pronto se ubiquen de nuevo volverán a ser los perritos falderos del mandamás de turno y defenderán a capa y espada los principios que otrora denigraran.
Sus antiguos jefecitos se olvidarán de ellos. Sus antiguos compañeros evitarán saludarlos. Y estos mediocres hombrecitos seguirán sonriendo mediocremente, sintiéndose felices de nunca quedar mal con nadie, con un regustillo a mierda en lengua de tanto haber lamido traseros.
- lunes, abril 20, 2009
- 18 Comments
