A veces se vuelve no porque se extrañe, sino porque es necesario. Después de tantos días de silencio, en los que el trabajo, los problemas y demás productos varios me han quitado el tiempo que solía utilizar para escribir acá regreso hoy aún sin estar muy segura de para dónde van las cosas. Y no me refiero a este blog, ni a mi atormentada alma de adolescente tardía de la que, afortunadamente, se ocupa por estos días el dealer que estaba buscando y por fin encontré.
Me refiero a que tengo miedo, vergüenza y asco. No me lo explico. No me explico cómo es posible estar tan ciegos y tan aíslados y tan metidos en nuestro pequeño mundo de mentiritas.
Ayer estaba leyendo el especial de EL TIEMPO sobre los 10.000 muertos que Colombia busca, y claro, fue estremecedor. Y no lo fue sólo por el hecho de que los paramilitares hayan matado tanta gente ni por la extrema crueldad del desmembramiento; me estremeció porque no me sorprendió.
Pensé en los sofisticados métodos de tortura de la violencia bipartidista de los años 50 y en cómo me aterré cuando mi nona me contó lo que le hicieron al abuelo y me dolió encontrarme ayer conque esa angustia, ese horror, ese asombro , a pesar de las lágrimas que si derramé al leer una de las crónicas, no era ni remotamente comparable con el verdadero pánico que sentí cuando era pequeña... ayer de verdad sentí que había perdido algo y creo que ese algo nos hace falta a todos.
Porque yo sé que uno se conduele, pero también se que en cierta parte ha naturalizado este tipo de hechos. Una de las razones, por supuesto es la impunidad: la licencia que se ha dado a la barbarie para que opere sirviendo a los intereses de los titiriteros del momento. Y si bien es cierto que toda la responsabilidad no se puede recargar en un sólo actor del conflicto, en un sólo gobierno, en una sóla persona, también es importante darse cuenta de que la obligación de actuar está en el presente.
Pero, ¿cómo es posible la acción, la reparadora (encontrar los cuerpos, identificarlos, entregarlos a las familias) por lo menos, si vivimos como país flotando en el éter y convencidos de que todo va a estar mejor a punta de pura energía positiva y buena onda?
Claro, lo sé, hay que defender la imagen del país, la soberanía nacional, decirle a ese señor Gore que "se deje de andar humillando"... en fin, yo tampoco me sentaría en tu mesa.
Eso es lo que me da miedo, esa ceguera colectiva, esa tendencia a esconder la basura debajo del tapete y hacernos los locos para que nadie se entere de que lo que pasa es que estamos viviendo en una cochambre. En todo caso, por lo menos está el intento de visibilizar el asunto y eso vale, debe servir de algo, espero. Por lo menos para enterarse de que el país es un poquito más grande que las veinte cuadras de la cotidianidad y que en otro lado se cae de otras formas y el problema más grave no es quedarse sin plata en el cajero.
Les dejo las palabras de Sergio Borao:
Colombia
paramilitarismo
impunidad
masacres
guerra
corrupción
muerte
barbarie
estupidez+colectiva
Me refiero a que tengo miedo, vergüenza y asco. No me lo explico. No me explico cómo es posible estar tan ciegos y tan aíslados y tan metidos en nuestro pequeño mundo de mentiritas.
Ayer estaba leyendo el especial de EL TIEMPO sobre los 10.000 muertos que Colombia busca, y claro, fue estremecedor. Y no lo fue sólo por el hecho de que los paramilitares hayan matado tanta gente ni por la extrema crueldad del desmembramiento; me estremeció porque no me sorprendió.
Pensé en los sofisticados métodos de tortura de la violencia bipartidista de los años 50 y en cómo me aterré cuando mi nona me contó lo que le hicieron al abuelo y me dolió encontrarme ayer conque esa angustia, ese horror, ese asombro , a pesar de las lágrimas que si derramé al leer una de las crónicas, no era ni remotamente comparable con el verdadero pánico que sentí cuando era pequeña... ayer de verdad sentí que había perdido algo y creo que ese algo nos hace falta a todos.
Porque yo sé que uno se conduele, pero también se que en cierta parte ha naturalizado este tipo de hechos. Una de las razones, por supuesto es la impunidad: la licencia que se ha dado a la barbarie para que opere sirviendo a los intereses de los titiriteros del momento. Y si bien es cierto que toda la responsabilidad no se puede recargar en un sólo actor del conflicto, en un sólo gobierno, en una sóla persona, también es importante darse cuenta de que la obligación de actuar está en el presente.
Pero, ¿cómo es posible la acción, la reparadora (encontrar los cuerpos, identificarlos, entregarlos a las familias) por lo menos, si vivimos como país flotando en el éter y convencidos de que todo va a estar mejor a punta de pura energía positiva y buena onda?
Claro, lo sé, hay que defender la imagen del país, la soberanía nacional, decirle a ese señor Gore que "se deje de andar humillando"... en fin, yo tampoco me sentaría en tu mesa.
Eso es lo que me da miedo, esa ceguera colectiva, esa tendencia a esconder la basura debajo del tapete y hacernos los locos para que nadie se entere de que lo que pasa es que estamos viviendo en una cochambre. En todo caso, por lo menos está el intento de visibilizar el asunto y eso vale, debe servir de algo, espero. Por lo menos para enterarse de que el país es un poquito más grande que las veinte cuadras de la cotidianidad y que en otro lado se cae de otras formas y el problema más grave no es quedarse sin plata en el cajero.
Les dejo las palabras de Sergio Borao:
A favor del viento
silban las balas en el Sur.
Mueren los hombres
sin haber comprendido los motivos,
acaso
intuyendo confusos ideales
o indescifrables causas presuntamente justas.
Mientras, el hambre es verdadero.
Palpable el sufrimiento de las mujeres
con la olla en el fuego para nadie.
Manifiesto, el horror de la agonía.
Siempre los hombres luchan contra el hombre.
Siempre se derrama la sangre de los pobres.
Colombia
paramilitarismo
impunidad
masacres
guerra
corrupción
muerte
barbarie
estupidez+colectiva
- miércoles, abril 25, 2007
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