
No haremos una revisión detallada de los momentos que han transcurrido hasta la llegada de este día. Tampoco revisaremos las palabras abandonadas en este lugar a su suerte, muertas de vergüenza ellas, a la espera de una lectura que no llega. Ni justificaremos la existencia de este cajón mohoso en el cual archivar desvaríos e imprudencias, espejos rotos y fotografías amarillentas de paupérrimas glorias que no se añejan sino se pudren.
No los haremos. Porque no somos nosotros. Nunca somos nosotros.
Excavar en las causas y las justificaciones sólo me llevará a un rincón oscuro donde como una de las abandonadas me regodeaba en llorar y sacarle rédito a dolores insignificantes. Es darle demasiada importancia a algo que simplemente pasó, como todo pasa.
Seis años, con sus días y sus noches, son sólo eso, seis años. Y a nadie le importan los rutinarios días ni las espeluznantes noches.
He hablado de todo y por supuesto nunca he dicho nada, he sido un zumbido y una terquedad, una obstinación y un tiempo sobrante. No puedo decir que me gusta pero puedo decir que todo resulta estar menos jodido que entonces.
Las cosas caen a la velocidad que deben caer y se marchitan y se gastan y son olvidadas y qué le vamos a hacer.
Lo valioso es que venir acá y escribir acá no es una obligación, ni un compromiso ni una necesidad. Sucede. Como sucede que me de gripa o me coma una montaña de galletas.
Este lugar no me necesita ni yo a él.
Y en estos seis años de no tener nada qué decir, de ver mis dedos cada vez más lentos y mi pensamiento cada vez más renco he aprendido algo: nada de lo dicho acá soy yo.
No hay que entenderlo. Este blog cumple hoy seis años y si algo ha de celebrarse al respecto es que puede encontrarse en él de todo, menos algo que pueda llamarse verdad.
Gracias por venir, por irse, por no querer quedarse.
- martes, febrero 28, 2012
- 4 Comments




