Autorretrato
jueves, febrero 01, 2018Lo bueno de tener una casa en un lugar apartado que ya nadie recuerda es que uno puede venir a ella a pegar un grito sin que nadie se entere. Es un grito que nunca será y sin embargo es. No sé cómo explicarlo. Solo sé que es un alivio poder sentarme aquí, a esta hora, mirando a un cielo que no me dice nada y poder extenderme, poder explayarme en esta tristeza que no muestro, que me consume, que se ha llevado lo mejor de mí ya desde hace un buen tiempo. Digo "lo mejor de mí" en un ejercicio de fe y compasión por mí misma, por supuesto.
La cuestión es que llevo varios meses honestamente preocupada por mí, con una angustia sobre lo que pueda pasar mañana que ya no puedo contarle a nadie sin sonar repetitiva o sin recibir una oleada de cariño y apoyo que aunque valioso y desinteresado, generoso y honesto, no soluciona en nada mis problemas.
No se trata sólo de las deudas —que me han convertido en la campeona mundial de la gimnasia financiera—, ni del hastío que me hizo cambiar de trabajo y abandonar una estabilidad que me martirizaba —interiormente, espiritualmente, que se comía mi alma todas las mañanas—, pero que no lastimaba a ninguna de las personas que de verdad me importan. Tampoco tiene que ver con esa ausencia, con ese abandono que sufrí, con esa grieta que se abrió bajo mis pies cuando la puerta de mi casa se cerró y dejó por fuera las maletas que contenían la tercera parte de un hogar. No puedo decir tampoco que han sido las ilusiones estúpidas que me he hecho en un intento desesperado de llenar ese espacio y que fracasan espectacularmente, día tras día.
Estoy preocupada por mí porque —no me importa si suena cursi, que total la única que lee esto soy yo— ya no entiendo, no sé quién es la persona que vive en este cuerpo, el dueño de estas manos que caen como patas de rinoceronte sobre un teclado del cual se han borrado todas las letras. No sé quién es esa persona y lo que veo no me gusta. Trato, de todo corazón, con ganas, con todas mis fuerzas, de volver a quererme.
No importa cuánto me digan, no importa cuánto finja, con éxito, lo contrario, no importa la vana satisfacción de ver cabezas que asienten: hoy estoy absolutamente convencida de que todo lo que he dicho en mi vida ha sido una gigantesca estupidez.
Pienso en la muerte.
Pienso en la muerte todo el tiempo, pero no voy a mentir: no quiero morirme. De hecho, le tengo pánico a morirme. No por mí, me explico, porque cada vez más creo que la muerte es una siesta larguísima y que nada de lo que pase en ella tendrá que ver conmigo, realmente: lo que me aterra es pensar que si me entrego a ese sueño haría sufrir a quienes no lo merecen.
(¿Quiénes lo merecen?, me pregunto)
No quiero morirme. No voy a morirme. No estoy escribiendo para que nadie me diga que todo va a estar bien ni para que me recuerden los miles de motivos por los que la vida es maravillosa. Yo sé que lo es. Es la mejor opción. Tiene la mejor vista.
Sin embargo, aún cuando todo esto sea claro, mi cabeza es un maldito punto negro en el que no veo nada y solo siento un enredo de tentáculos amarrados al cuerpo de yo no sé qué monstruo, pero que sea el que sea, se me empieza a notar en el rostro.
La sensación de los días, uno pegado al otro, de esta época de mi vida se resume en lo siguiente: quisiera encontrar una manera adecuada e indolora de arrancarme la cara, pero también una de volver a cosérmela después.

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