Appetite for Destruction: 30 años de gloria
viernes, julio 21, 2017
El próximo año Appetite
for Destruction (1987), álbum debut de Guns N’ Roses, cumplirá 30 años, y
para ser más específicos, 30 años de gloria. No solamente por haber pasado de
las 500 000 copias vendidas en su primer año a los 32 000 000 hasta el día de
hoy, sino por mantenerse durante tres décadas como una rareza, algo
completamente diferente al resto del panorama del rock.
El Appetite fue, y
sigue siendo, un álbum disruptivo. En un momento en que el peinado se abultaba,
la laca se agotaba, el rubor se enrojecía y las trusas se encogían, Axl Rose y
su pandilla aparecieron a tomarse Los Angeles y el mundo, sin pensar en pasar
por una ducha. El lanzamiento del álbum marcó la agonía del hair y el glam metal y se mantuvo de pie durante la explosión del grunge porque, fundamentalmente, creó su
propia audiencia. Una audiencia que quería algo más que power ballads y que podía identificarse con la llegada de una banda
de inútiles a la gran ciudad que lo único que buscaban era problemas, drogas,
todo el sexo que Los Angeles pudiera brindar, y la menor cantidad de
responsabilidad posible: nada ilustra el carácter de los Guns de manera más acertada que la portada original del álbum.
Por eso no es una sorpresa que Appetite for Destruction no sea un álbum perfecto y que incluso los
más enardecidos fans de los Guns lo
admitan. A pesar de ello, sin embargo, logró ubicar dos sencillos en los diez primeros
lugares del listado Billboard en medio de polémicas como la censura de MTV
sobre el video de “Welcome To The Jungle”. Gracias a dios que a Geffen le
debían un favor o nos hubiéramos perdido a Axl Rose encarnando ese himno del
hard rock sexi que no se parecía a nada en el metal, ni en el punk, ni en el glam, pero que era todos y más que todos
ellos a la vez.
Appetite fue, en
toda su grandeza, una mezcla sucia en la que los gemidos orgásmicos de Adriana
Smith estaban a solo cinco cortes del sintetizador de “Paradise City”; uno de los últimos álbumes de la historia
pensados como LP justo cuando la llegada del CD, como formato que encarnaba la
portabilidad y la nitidez del sonido, transformó por completo a la industria
musical. El sonido hueco del fin de los cortes del vinilo, el eco profundo de
los bajos, son la esencia de ese álbum que Slash grabó con uno de los
amplificadores más famosos de la historia del rock (el mítico S.I.R. Stock #39)
y al que estar lejos de la diáfana promesa de lo digital le permitió
convertirse en una pieza de culto.
Son ellos, esos peludos Guns N’ Roses, callejeros,
destructores, embebidos en las drogas, soberbios e infantiles del Appetite for Destruction —los
que arrancaban inodoros del piso y los lanzaban por las ventanas mientras las
quinceañeras del mundo se enamoraban de “Sweet Child O’ Mine” —,
quienes marcaron el resurgimento del hard rock.
La presencia del Appetite
for Destruction en la cultura popular —que va desde Los Simpson a los videojuegos, pasando
por los karaokes y las versiones esterilizadas de sus canciones que algunas
estrellas pop han grabado— es la primera huella del legado de una banda que fue, al
menos durante unos años, la más grande del mundo. Para la reunión que se
avecina solo nos queda esperar, pedir a todos los dioses de la música si es
preciso, que algo de esa intuición callejera, de esa potencia, haya sobrevivido
a los años de pleitos legales, desintoxicaciones, colaboraciones con Paulina
Rubio y cámaras de bronceo en Bel Air. Que todavía exista, debajo de los kilos
de los años, hambre de romperlo todo.
*Esta entrada fue publicada originalmente en el proyecto Cuestiondemusica.com
*Esta entrada fue publicada originalmente en el proyecto Cuestiondemusica.com
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