De ennegrecer a blanquear la escritura: la intersección entre raza y privilegio en "Tres mujeres en Manhattan" de Maryse Condé
lunes, marzo 13, 2017
¿Por qué hacen tanto
daño las palabras, qué poder se oculta en sus trazos, cómo capturarlo y
domesticarlo a voluntad?
En el cuento Tres
mujeres en Manhattan, la escritora guadalupana, Maryse Condé, no solamente
está llamando la atención sobre el hecho
de ser una mujer negra, caribeña y migrante en Estados Unidos —y las distintas
intersecciones que pueden atravesar este hecho—, sino que además hace una
reflexión metaliteraria sobre la idea de la literatura políticamente
comprometida.
La historia, que tiene como eje principal a Claude,
una guadalupana graduada en turismo y devenida en empleada doméstica a su llegada
a Nueva York, entrelaza la historia de tres mujeres que difieren en edad y
posición social, pero que comparten su etnicidad y la impronta que la historia
misma ha dejado en el relato personal de cada uno de sus pasados familiares.
De esta manera, Condé, sitúa a Claude, al inicio
del relato, en el apartamento de Elinor, una reconocida escritora negra que ha
adquirido validación y fama
especialmente en los medios blancos especializados, que destacan, además de sus
alusiones al folclor , «su belleza cálida como una noche de agosto en Georgia»
(213). Elinor, por su parte está situada en una posición de privilegio no solo
por ser la patrona de Claude, sino porque a través de la escritura ha
conseguido lo que podríamos llamar un «blanqueamiento cultural» —formulado por
Santiago Castro-Gómez en La hybris del
punto cero (2005)—, esto es, la posibilidad de eliminar la asimetría en
términos de poder que históricamente se ha sostenido en el privilegio de una
raza por encima de otras a través del ascenso social económico o académico que,
paradójicamente, no contribuye a eliminar la marginalización sino a
deslocalizarla de manera estratégica. En el caso de Elinor, su triunfo implica
una adhesión al poder que antes ha sujetado u oprimido a sus antepasados,
cuestión patente en el breve testimonio sobre la historia de su madre:
—Mi madre tenía cuarenta años cuando fue admitida
por primera vez en un restaurante blanco de Colony Square. Aquello fue el gran
acontecimiento de su vida. Todas las mañanas ese cuento lo escuchábamos después
del elogio a nuestros héroes que derramaron su sangre para que llegara aquel
momento... Ya no puedo más, ¿entiendes? (222).
Vera, por su parte es un personaje situado en la
periferia, no solo geográficamente, puesto que está al filo de Manhattan, ya en
Harlem, sino porque es anciana y por lo tanto, marginalizada del sistema
productivo, más todavía, entregada a las labores de cuidado —podemos intuir que
el lugar de su encuentro con Claude es un albergue—, pero además,
contrariamente a Elinor, que ha utilizado su escritura como herramienta
política de resistencia en un diario opositor al régimen haitiano que además de
eliminar a su familia, la dejó en la pobreza y la ha mantenido en el exilio
desde hace veinte años. Vera cuestiona la falta de nobleza, de compromiso de la
escritura de Elinor; tal crítica, por supuesto, se relaciona también con una
posible frustración frente a su propia carrera como escritora, que la lleva al
desencanto, pero también a la idea radical de que la escritura no es más que un
engaño, una ilusión de comunicación, una mentira cruel.
Así las críticas en contra de Elinor en las
revistas especializadas en temas negros, a las que ella responde con llanto y
hastío y que la hacen mostrarse frágil y descender de su escalón de poder
frente a Claude, son la muestra de esta tensión implícita entre los dos
extremos del hecho racial y de género en el contexto neoyorquino. Lo anterior nos
pone frente a los problemas fundamentales del feminismo afrocaribeño señalados
por Ochy Curiel en su texto Los límites
del género en la teoría y la práctica feminista y su aporte a los fenómenos de visibilización del racismo en
las sociedades latinoamericanas y caribeñas:
[...] también han evidenciado, igual que como lo
hicieron las afroamericanas y las negras británicas, el racismo en el interior
del movimiento feminista y el sexismo en el movimiento antirracista. Se ha
propuesto en este sentido lo que la afrobrasileña Sueli Carnero (2005) ha
denominado ennegrecer el feminismo y
feminizar la lucha antirracista (Curiel, 217)
Con respecto al caso de Elinor en el relato, lo que
vemos es que su posibilidad de integrarse a las lógicas del poder y la
visibilidad, en este sentido materializadas por el éxito de su novela, implica
blanquear su postura como mujer, distanciarse del compromiso político e
incluso, dadas las alusiones a su belleza, operar desde la lógica masculina. No
ha de sorprendernos su manera de dirigirse a Claude y de apalancar su éxito
profesional, tal como pasa en nuestro contexto, en el trabajo de otras mujeres
que son subalternizadas por ella.
En medio de estas dos perspectivas encontramos a
Claude, quien luego de terminar sus estudios de turismo decide migrar no a
París, sino a Nueva York, lugar en el que además desconoce la lengua. En ese caos del encuentro con el nuevo
entorno, Claude parece haberse perdido, pero también en cierta forma, haber
retrocedido a la dimensión de las labores domésticas que desde siempre
desarrolló como su forma de retribuir a la familia adoptiva, su madrina Bertlle
y su esposo Marcel Dupré, que la acogió cuando su madre, sola y eternamente
embarazada, no pudo más con sostenerla. Recuerda casi con melancolía los
elogios a su habilidad para planchar y en esos instantes las órdenes de Elinor
más que órdenes se le figuran como una suerte de señal del equilibrio cósmico,
un cierto lazo que las une pero que a la vez las sitúa en los dos extremos del
poder, pues, como señala Condé, «Claude era una Elinor a la que el destino,
cual mago distraído, había sacado de la nada para luego olvidarse de atender
sus deseos».
Entonces, si Elinor es la escritora blanqueada y
exitosa, y Vera es la ennegrecida y reaccionaria, Claude es la escritora
invisible, la que nunca muestra su verdadero color, la que a pesar de escribir
y llenar cuadernos con el movimiento de «sus energías, su sexo, su corazón para
dar a luz el mundo que ella guardaba en la oscuridad» (216), nunca accedió a un
lugar de enunciación que le permitiera mostrar el fruto de sus vigilias. Sueña
Claude con retomar este movimiento y mostrárselo a Vera, ahora que el material
posible de su escritura parece ser ese ghetto
neoyorkino en el que el antiguo pueblo de esclavos sigue estando herido de
muerte, ya sea en la diáspora o en la pobreza.
Lo que podemos inferir es que esa frescura, esa
palabra liberada tanto del compromiso político como de la convención social,
ese registro casi neutro, casi inocuo, es lo que hace de Claude un objeto de
afecto querido con la misma intensidad tanto por Vera como por Elinor, quienes,
al blanquear o ennegrecer su experiencia de escritura, han quedado atrapadas en
la cárcel de su propio color. Es Claude quien habría podido hermanarlas, unir sus
visiones de mundo y encontrar un lugar de enunciación nuevo.
Bibliografía
Castro-Gómez, S. (2005). La
hybris del punto cero: ciencia, raza e ilustración en la Nueva Granada
(1750-1816). Pontificia Universidad Javeriana.
Condé, M. (2010). Tres mujeres en
Manhattan. En: Krik... Krak... Cuentos de
las Antillas, Boadas, A.M. y Hernández A. [eds.]. Caracas: Monte Ávila
Curiel, O. (s.f.). Los límites del género
en la teoría y la práctica política feminista. En: El género: una categoría útil para las ciencias sociales, Arango,
L. y Viveros, M. [eds.]. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

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