Un nuevo nombre para el Bronx

jueves, junio 02, 2016

Mucho se ha escrito sobre las cosas aterradoras que sucedían en el Bronx. Miles de palabras, incluídas estas, sobre la intervención de la Alcaldía de Bogotá en la zona del Bronx, reencarnación del viejo Cartucho, impenetrable, irrecuperable, donde tenían espacio el tráfico, la prostitución, la trata de personas, el sicariato y en suma, todo el conjunto resultante cuando la pobreza, las drogas y el abandono estatal se juntan. La "olla" del Bronx, paradójicamente, está situada a pocos metros de la Casa de Nariño, el Congreso de la República, la Alcaldía de Bogotá y, en resumidas cuentas, de los centros de poder y hampa más importantes del país.
Las cosas que sucedían en el Bronx son aterradoras, pero para nada sorprendentes: casas de pique, secuestros ligados al consumo, prostitución infantil, esclavitud, enfermedad, perico, bareta, bazuco, sobre todo, mucho bazuco.
Las cosas que sucedían en el Bronx son aterradoras, pero no exclusivas del lugar: el rol del Bronx como central de acopio de las múltiples ollas de la ciudad, su impenetrabilidad -gracias también a la corrupción de algunos policías y funcionarios públicos-, su rol como sitio de congregación de indigentes, habitantes de calle, mendigo, "ñeros", o como le resulte correcto llamarlos (no desechables, nunca más desechables), la atrocidad de los crímenes cometidos en su interior y el asombroso poder de su convocatoria para las farras ( que en mis tiempos se llamaban "fiestos") ahora a través de las redes sociales, lo convierten en emblema, en zona roja, pero también en modelo que se reproduce a menor escala en muchas esquinas de la ciudad. Sí, de esa ciudad que usted tal vez crea pequeña, por su rango de movilidad.
Las cosas que sucedían en el Bronx son aterradoras, pero no son un problema de geografía: el Bronx es el Cartucho y mañana o pasado, cuando las aplanadoras y las bolas de demolición hagan su labor urbanizadora -que más bien es higienista-, nos buscaremos un nombre más hipster para sentirnos más cómodos cuando hablemos del nuevo lugar del crimen, los indigentes y los drogos de Bogotá. Perdemos de vista, sin embargo, que  el Bronx excede la categoría de lugar, que como espacio es más bien simbólico, que no está pegado a un territorio sino a una comunidad, a un colectivo que, está congregado por lazos perversos y que se sostiene, que resiste, que es producto del, literal y figuradamente, círculo vicioso de pobreza-droga-exclusión-abandono-crimen.  El Bronx, como el Cartucho en su tiempo y el [inserte nombre hipster] de mañana, funcionan como áreas sin ley, donde el Estado, la institucionalidad, ha fracasado de tal manera que incluso algunos de sus miembros terminan siendo beneficiarios de las actividades ilíctas que aglutinan a la población en ellas.
Las cosas que sucedían en el Bronx son aterradoras, pero no se solucionan con limpieza: si bien la intervención de la fuerza pública era necesaria y urgente, sacar a los habitantes y habituales del lugar, limpiar las calles, demoler los círculos del "infierno", no alcanza, no es suficiente, si no se sigue de una estrategia de reubicación, acompañamiento, desmantelamiento efectivo (judicialización) de las cabezas de las estructuras criminales dominantes, pero sobre todo, si nada de eso se piensa como destinado a ciudadanos, a personas que siguen siendo sujetos de derecho aún cuando estén en la calle y en el consumo.  El asunto de estas "vidas infames" inicia con el hecho de que las consideremos de tal modo, de que, en suma, consideremos que afean la estética de nuestra aburguesada y arribista ciudad, de su proximidad y nuestro temor al "contagio": el asco es miedo, nunca lo olvidemos. Sin embargo, en esta espiral de la miseria a la que hago alusión, es desde esa otredad que muchas de las personas del Bronx habitan el mundo: por eso es ridículo, también, asumir el mesianismo rehabilitador que suele caracterizar estas acciones y que además de insuficiente, es una bienintencionada pero perversa manera de despojar de dignidad a quienes han elegido la vida de la calle.
Las cosas que sucedían en el Bronx son aterradoras y ya empiezan a moverse: la reactivación de la olla del Samper Mendoza, la afluencia de habitantes de calle buscando parche en Santa Isabel y Veraguas, los círculos de consumo alrededor de Corabastos, a menos de una semana de la intervención, dan cuenta de que el negocio del tráfico de drogas, entre los muchos otros que se centralizaban en el Bronx, no se detiene. Y no es solo el temor de los vecinos, no es un problema estético, lo que quiero subrayar: es la falta de inteligencia, la debilidad de la institucionalidad frente al desmantelamiento de estas estructuras lo que primero se me viene a la mente.
Las cosas que sucedían en el Bronx son aterradoras y desde su surgimiento se sabían, pero además, aunque haya habido buenas intenciones, ninguna administración ha logrado hacer intervenciones efectivas: más allá de los CAMAD, que la actual administración desdibujó y que la anterior no solidificó lo suficiente, no hay estrategias públicas para atender a la población drogodependiente con dignidad. Asimismo, no existen políticas públicas que garanticen derechos a los habitantes de calle.
De este modo, lo aterrador realmente, no son las cosas que sucedían en el Bronx, con toda su atrocidad, sino el hecho de que la falta de perspectiva social, humana, de derecho, de las intervenciones de la fuerza pública, nos van a plantear, de seguir como vamos, la necesidad de buscarle un nuevo nombre al nuevo Bronx. Ojalá en otro idioma, ojalá bien hipster, para que nos podamos sentir mejor cuando lo mencionemos con desprecio: ¿Cuál les suena? Propongo uno europeo, para variar.

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