Pedirme perdón
domingo, mayo 22, 2016
Hace algunos días la Secretaría de Gobierno de la Alcaldía de Bogotá expidió una, no desatinada, sino perversa y vil contestación a la demanda interpuesta por los familiares de Rosa Elvira Cely, quien hace cuatro años fue víctima de uno de los feminicidios más crueles de los que los ciudadanos hemos tenido noticia desde que tengo memoria. En esa respuesta, Rosa Elvira Cely fue revictimizada y su agresión, como muchas de las que las mujeres sufrimos diariamente, fue declarada como su completa responsabilidad, por vestirse de cierta manera, salir a determinada hora o con determinado tipo -sin chequear sus antecedentes judiciales y su historia clínica-, o circular por determinadas zonas de la ciudad. La respuesta y la desafortunada manera en la que el Distrito intentó justificarse han desatado un debate público que celebro y que es necesario, sobre la forma en que las violencias en contra de las mujeres son algo que hombres y mujeres tenemos naturalizado y de lo que no hablamos más allá del registro del chisme, la burla o la crítica. Adicionalmente, este evento se ha convertido en un botín político y ha servido para cuestionar la gestión del actual Secretario de Gobierno, pero ese no es el eje de lo que quiero decir, francamente.
Lo que me trajo a este lugar olvidado a escribir nuevamente es esa tendencia a revictimizar a quienes sufren, sufrieron o hemos sufrido algún tipo de violencia por razón de nuestro género. Y ver cómo esa revictimización, muchas veces, empieza por nosotras mismas. Gran parte de esta reflexión personal se dio a partir de la columna Papaya Republic, escrita por Catalina Ruiz-Navarro en El Espectador y me llevó a publicar esto en mi muro de Facebook:
Mi querida Catalina Ruiz-Navarro reflexiona sobre nuestro rol como sociedad en las distintas violencias hacia las mujeres.Todas las mujeres que conozco, hemos sido acosadas o abusadas sexualmente, pero tenemos tan normalizados ciertos comportamientos que algunas tardamos años en darnos cuenta de que lo que nos pasó, lo que nos dijeron, como nos tocaron, la forma en la que llegaron a tener sexo con nosotras, fue un abuso de poder, fue asimétrica, nuestro consentimiento estuvo coaccionado, o de plano nos hicieron daño físico. Es duro hablar de esto. En mi caso, si le preguntan a mis compañeros de universidad, y ellos supieran a que me refiero, dirían que yo me lo busqué, en ese entonces, por "vagabunda", " perra", "gorda", " con baja autoestima, "por andar mendigando amor". Aunque hubo muchas, muchas situaciones en las que yo me puse en riesgos absurdos, fui manipuladora o leí mal los contextos, o de plano acepté como adulta hacer cosas de las que luego me arrepentí, hubo un par de situaciones en las que simplemente fui una mujer que creyó que era " normal" o que "merecía" que la violentaran de esa forma. Años después, incluso en la maestría de Estudios Culturales de la mano de Marta Cabrera, tuve, como buena hija del patriarcado, momentos de reticencia hacia la idea de que, como ha señalado mi otra maestra Liliana Ramirez, NO ES NORMAL. Ahora, que entiendo por qué y para qué soy y debo ser feminista y que he vencido mis miedos, que sé que fui víctima en mi juventud y mi niñez de agresiones por razón de mi género, por fin, me atrevo a decirlo y ME pido perdón y me abrazo, por haber subestimado mi propio dolor.
Después de escribirlo he tenido espacio para pensar muchas otras cosas, o mejor dicho, de volver a pensarlas, ya no solamente como materias de estudio o a la luz de las teorías de género que atravesaban mis clases; ya no para racionalizar mi vida, solamente, sino para sentirme en paz. La primera es que, aunque mi primer impulso fue sentarme a escribir sobre todas las cosas malas que me sucedieron, no le debo los detalles a nadie. Lo que sí debo, por encima de todo, es pedirme perdón; de alguna manera, he notado un patrón y es que siempre, ante el maltrato, el abuso, el chantaje emocional, el abandono, he tendido a justificar que me lastimen o ponerme en situaciones que me hacen daño en el hecho de que no soy lo suficientemente bonita o flaca o lo que sea, o de que fui mamá muy joven, y que de algún modo eso explica que me hubieran utilizado u objetificado.
En segundo lugar, me he dado cuenta de que decir, hablar de mi experiencia, siempre me costó mucho, porque pensaba que me mostraba como una persona débil, que quería inspirar lástima. Por esa razón tuve miedo de publicar mi tesis de maestría, que fue una autoetnografía feminista sobre cómo mi peso ha determinado mi identidad, y ni siquiera quise que estuviera en línea (aquí la dejo, para quien quiera leerla). Ahora me siento muy ridícula, pero en gran parte fue por miedo, no solo el miedo general al qué dirán o a la evaluación exhaustiva, ni siquiera a la exposición de momentos muy privados de mi vida y mi historia clínica, sino miedo a lo que una persona en específico, un hombre puntual que se ha solazado hablando mal de mí y atribuyéndome algunos de sus errores, pudiera hacer con esa información. Hoy en día no puedo sino sentirme tonta, y me digo a mí misma que no tiene ningún sentido seguir pidiendo permiso para hablar o callarme. Ser mujer no puede ser tener que justificarse y medirse todo el tiempo.
Por último, he pensado en que si bien no debo explicaciones ni soy culpable de tanto por lo que me culpé, decirlo, y que alguien lo lea, puede ser una manera de contribuir a entender que muchas cosas ante las que nos quedamos calladas o que no denunciamos por temor a que no nos crean o a que nos echen la culpa, son maltrato. A mí me tomó décadas entender que era una niña y que nadie tenía derecho a tocarme ni amenazarme, por ejemplo. Me pareció normal, hasta halagador, que mi profesor me mirara las piernas o me rozara "accidentalmente". Luego, más grande, me convencí a mí misma de que era mi culpa por haber tomado tanto o de que tenía que estar agradecida porque con todo "él" (quien fuera que fuera ese idiota) se había fijado en mí. Me tomó años dejar de buscar amor donde no estaba y años aceptar que merecía ser feliz y amada.
Sin duda alguna, mi camino personal hacia la tranquilidad es inseparable de mi relación con el feminismo y esa también fue problemática. Hubo un momento en el que llegué a considerarme "atacada", lejos de las "feministas radicales", o no lo suficientemente feminista, inadecuada. Pero no hay tal cosa como EL feminismo sino que hay múltilples feminismos, y resultan hoy tan necesarios como hace 60, 70, 100 años. Solo gracias a ellos es que yo puedo decir lo que digo hoy.
Por último quisiera que quienes lean esto conozcan el trabajo de dos colectivos que permiten desnormalizar las violencias contra las mujeres en nuestro país. El primero es el Observatorio Contra el Acoso Callejero, porque tenemos derecho a transitar y habitar donde nos plazca. El segundo, y no menos importante, la iniciativa No es Normal que pretende desnormalizar el acoso y la violencia de género, especialmente en las universidades. Necesitamos más voces, así que si leen y conocen de más iniciativas como estas, compártanlas.

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