La paz: sobre las segundas oportunidades
martes, junio 28, 2016
No deja de causarme curiosidad cuando, sobre el acuerdo firmado entre el Gobierno y las FARC en La Habana, el pasado 23 de junio, en el que se estableció el cese bilateral del fuego y la dejación definitiva de las armas por parte del grupo insurgente, surgen las voces que rechazan la celebración, la esperanza otorgada por este hecho, pues la consideran hipócrita si no proviene de las víctimas directas del conflicto. O la consideran hipócrita porque la consideran una muestra de simpatía y adhesión a alguna facción política específica. O la consideran hipócrita porque su asesor de confianza, su gurú, su noticiero o el vecino más popular del barrio, les aconseja hacerlo.
Si bien es verdad que el conflicto armado colombiano no ha contado con enfrentamientos urbanos y no todos los colombianos de las urbes han tenido secuestrados en sus familias, por ejemplo, me resulta difícil pensar en que esos eventos sean la única manera en la que alguien pudo haber sido tocado por el conflicto. Por supuesto, existen unas víctimas directas del conflicto armado que requieren verdad y reparación, debido a que fueron violentadas físicamente, desplazadas y expropiadas de sus tierras, amenazadas y perseguidas o, bajo el fuego cruzado, perdieron a sus seres queridos en medio de actos de barbarie inenarrables. Y es indispensable que las voces de esas víctimas sean escuchadas.
Sin embargo, y teniendo en cuenta que la atrocidad con la que el campesinado y los sectores más vulnerables de nuestra sociedad han sido violentados no admite comparaciones y es, indudablemente, mucho más importante en este contexto que cualquier otro fenómeno, es válido reconocer que existen otras formas en las que el conflicto armado colombiano entre grupos al margen de la ley y la fuerza pública nos han tocado a todos.
En mi caso, y en el de gran parte de mi familia, por ejemplo, uno de los efectos más fuertes del conflicto y, sobre todo, de los intentos de acabarlo por la fuerza, ha sido el miedo. El miedo a pensar, a expresarnos muchas veces en contra de la corriente porque vimos cómo, sin ningún reparo, gente que conocíamos o admirábamos pagaba caro el precio de ser un "mamerto". O de ser considerado como tal, porque, francamente, el imaginario del "mamerto" es tan vago, acomodaticio y contradictorio que, de todo corazón, no conozco a nadie que lo cumpla a cabalidad. La polarización, la muerte de la izquierda y su corrupción, el empoderamiento de una derecha guerrerista y elitizada, la transmisión sesgada de la información y, en general, esa otra violencia en la que el lenguaje de la intimidación es el arma más poderosa son cosas por las que el pueblo colombiano en su conjunto ha sido violentado. Como pueblo, hemos estado secuestrados, hemos sido juguetes a la merced de dos facciones de bandidos: los grupos al margen de la ley y nuestra corrupta clase política.
Ahora bien, es cierto que hemos sido negligentes, perezosos, fáciles de convencer, desinformados, apáticos. Que hemos decidido, como sociedad, hacer de nuestro derecho, y deber de votación, un mal chiste. Que la apatía frente al sufrimiento ajeno es nuestra política editorial como sociedad. Que, sin embargo, nos fascina regodearnos en la exposición mediática de la tragedia y que la indignación nos dura lo mismo que su transmisión televisada. Que en nuestras prácticas cotidianas, en nuestras interacciones es más fácil difamar del otro y hacernos los pobrecitos, echarles la culpa de todo y sentirnos, creernos, santísimos, blancas palomas. Que cuando se trata de criticar estamos listos. Que preferimos acusar al otro, destruir su reputación, antes de admitir que nos equivocamos y que nuestras desgracias son enteramente nuestra culpa. (Sí, te estoy hablando). Que eso que acabo de hacer, la famosa "indirecta" a través de la cual solemos comunicarnos es una forma soterrada de violencia con la que nos sentimos a gusto y que solemos justificar en nuestro miedo o en la manida "decencia" de la que nos creemos portadores, de la "correctez" que el entorno nos exige, Que en alguna o dos o todas las maneras que he nombrado hemos sido, todos, perpetuadores de una violencia general, y que a veces pensamos natural, inherente a nuestra condición de colombianos.
Sí. Esto es y ha sido cierto, pero no tiene que serlo por siempre.
Podemos dejar de matarnos y podemos dejar de jodernos en la vida cotidiana. Fácil no es. Si me lo preguntan, de corazón, no sé qué tan dispuesta pueda estar a perdonar a quienes, creo, que me han lastimado. Tampoco sé, a ciencia cierta, si en realidad soy tan "buenita" como me gusta creer. No sé qué tanto la he cagado y si existe posibilidad de enmendar mis errores del pasado. Y quiero pedir perdón por ellos, pero sé que es un proceso largo que no sé por donde comenzar. Sin embargo, me es preciso creer que es posible, porque la paz, no solo como ideal, sino como práctica requiere creer en las segundas oportunidades. Y por supuesto, tener una segunda oportunidad es algo por lo que es preciso alegrarse.

0 comentarios
Verifique la conexión cerebro-teclado.