Monstruos

martes, noviembre 12, 2013

No sé por qué escribo esto ni por qué me estoy sintiendo de la manera en la que me estoy sintiendo. Acabo de leer una noticia infame escrita de manera tan horrenda que no alcanzo a terminar de reaccionar. No podré comprender nunca que es lo que pasa dentro de la mente de alguien que ataca a sus hijos. Me imagino una y otra vez, escucho en mi cabeza los gritos aterrados de un niño de seis años viendo cómo su mamá es destrozada por golpes de machete por su propio padre; cómo ése que debiera ser quien lo protegiera de todo mal es ahora su verdugo.
Nunca he sufrido una herida mayor, no puedo imaginarme lo que debe ser un machetazo, no puedo imaginarme la cantidad de sangre que brota de una herida de esas, no puedo imaginarme lo que es tener 6, 8, 12 años y estar enfrentado a eso,  a ríos de sangre saliendo del cuerpo de la persona que uno más ama en el mundo gracias a un ataque de ira de la otra persona que uno más ama en el mundo.
No puedo comprender cómo estos niños gritaban y gritaban y gritaban y nadie entró, con otro machete más grande, con un machete el hijueputa, a defenderlos.
No comprendo cómo uno puede ver los ojos asustados de su hijo y no detenerse.
Sin embargo, supongo que esas cosas, esos monstruos, todo ese mal, toda esa infamia y esa capacidad de herir y de lastimar y de matar, vive adentro de cada uno de nosotros y qué lucha tan cruel es la que da siempre el hombre para ser bueno, qué duro amar de verdad, que duro ser libre de uno mismo.
Todas las mañanas me repito a mí misma que la vida es bella, que el mundo es bueno, que se puede ser feliz. Anoche le decía a mi hijo, de 12 años, que la tristeza siempre pasa y que no hay problemas eternos y que el mundo es tan maravilloso que sigue girando a pesar de uno. Ahora heme aquí en el trabajo, intentando contener las lágrimas y preguntándome por qué, cómo, a qué horas es que pasan estas cosas y cómo puede uno dejar de ser un simple idiota que va y se queja en Twitter o en los foros de los periódicos, o en este blog. Cómo es que uno ve la tragedia y se siente tan terriblemente triste pero también está lo suficientemente lejos de ese dolor como para darse cuenta que el remedo de crónica que leyó al respecto es también una forma de infamia, es también una forma de maltratar.
¿Cómo se supone que uno pueda llegar a la casa en las noches y decirle a sus hijos que vale la pena? ¿Cómo cuando uno siente que cada vez, que cada paso, que cada centímetro de esta superficie es dolor y dolor y dolor?

Uno, que no sufre nada, que no es nadie, que es mediano hasta en sus tragedias. Uno que ha sido “afortunado”, no deja de sentirse como un grandísimo imbécil cuando ve de lejos una pizca del real horror de ser humano.
Nada de esto tiene sentido y decirlo me hace sentir como una idiota. Lo único que sé es que en mi cabeza intento imaginar el sonido de los gritos, de los golpes, una y otra vez, sin lograr entender nada.

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