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domingo, septiembre 01, 2013Empecé a escribirte cartas el día en que supe que estaba embarazada; las tengo todas guardadas para ti en la cajita azul que está en mi armario, ésa que siempre preguntas qué es lo que tiene adentro. Cada año, el primer día de septiembre entro aquí y te escribo también, como una forma de dejarte más pistas sobre toda nuestra relación para el día en que yo ya no esté y tal vez tengas preguntas. Me refiero a preguntas de las importantes, las que tienen que ver con lo que pasa interiormente, no con los hechos ni las circunstancias, que esos y esas ya los conoces y a la larga no importan.
Hace 12 años a esta hora estaba yo en la clínica, estábamos, los dos casi que sentenciados, con diagnósticos poco alentadores. Como siempre te he contado, desde que eras tan pequeño que podía levantarte con una mano, naciste a pesar de todo, y no solamente respiraste por primera vez este aire de afuera sino que además fuiste, siempre lo has sido, todo un acontecimiento en tu llegada. Miles de niños nacen cada minuto y todo padre cree que su hijo es el más bello pero contigo, más allá del afecto y la emoción, siempre, desde ese primer momento, está esa certeza de estar presenciado algo grande.
Esos ojos grandes, curiosos, profundos que lo preguntan todo desde la primera vez que los abriste, las manos fuertes pero delicadas de médico brujo y la voz, esa voz tan particular, tan reconocible y de cierto modo tan mía, desde la primera palabra que dijiste. Todas esas cosas son una forma de la maravilla y por eso debe ser que cada noche, cuando ya estás dormido, tengo que venir a verte de nuevo para constatar que existes y que no llevo doce años imaginándote, imaginando la felicidad.
Imaginando que puedo ser buena y que hay algo en mí que sirve a alguien y hace feliz a alguien y que de cierto modo merezco amar y tener a un pequeño como tú cuando llego a la casa que muere por contarme sus avances en Zelda o el nombre de la última canción que descargó por Internet. Un hombrecillo de nariz diminuta que sonríe cada vez que me ve y que por alguna razón que no logro comprender, cree que puede preguntármelo todo y tener respuestas y que confía en que yo siempre le estoy diciendo la verdad.
A veces siento nostalgia del niño pequeño que necesitaba que lo alzaran y que me decía "camina más despacio que mis piernas son más cortas". A veces quisiera nunca haber soltado tu mano el día en que te conocí, que fueras así, pequeño para siempre, dependiente de mí para siempre. Sin embargo, luego de esa nostalgia me invade un orgullo absurdo de ver cómo creces y aprendes todo el tiempo y eres esta máquina maravillosa que almacena información y produce frases asombrosas y se sienta y toca el piano y viene a mí cuando estoy enferma, cuando creo que no existe nada por fuera del dolor, y lo cambia todo, me cuida, me protege, me sana.
Últimamente has sido mi enfermero, mi asistente, mi brazo... sin pedir nada, sin molestarte de algún modo, sin que te lo pida nadie. No sé de dónde sacaste tanta nobleza y tanta bondad, tanta sabiduría en tan sólo 12 años y a la vez, cómo mantienes esa capacidad de ser pequeño y sorprenderte, de ser feliz con cosas sencillas.
Eres mi hijo y acudiré al cliché para decirte que sin embargo, tú me enseñas más de lo que yo a ti. Te admiro por eso. Te amo.
Feliz cumpleaños, hijito.

2 comentarios
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderBorrarEntrañable post.
ResponderBorrarBesos.
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