Entre el Audi y el ranking
martes, julio 16, 2013
(Retrato del docente adolescente vol. 6 )
“Entonces me dice que
le está yendo más o menos mal en su materia así que le pido que le ponga
recuperaciones hasta que pase” —Madre de C, 16 años
“A ver si nos podemos
ver para revisar mi parcial y cómo hago para subir esa nota” — F, 22 años,
estudiante
“Pues yo sé que no
presenté (el segundo y tercer parcial,
requisitos para el trabajo final) pero ay, pues si quieres te hago un trabajo
extra que me cubra esas dos notas” — S, 21 años, estudiante
“Yo sí sería incapaz
de dictarle clase a esa gente que cree que uno es un sirviente de ellos”— J, 34
años, docente
“Tranquila, llámame
que eso yo pongo a los chinos a hacer un taller o cualquier maricada a esa
hora”— M, 32 años, docente
Hace algunos días César Mario Gómez hablaba en su blog de la
supuesta vocación del docente en un texto titulado “La
docencia como quimera” y no pude
estar más de acuerdo con él en la perversidad de hablar de vocación cuando claramente, desde lo que él denomina
una “privatización de la infancia” el docente es el último eslabón de la cadena
de delegación de la responsabilidad sobre el bienestar y cuidado de los niños y
jóvenes. Las citas que preceden a este
texto no hacen más que ejemplificar esa situación porque si bien es cierto que, como anota Gómez
en su artículo, la responsabilidad sobre el cuidado de la infancia compete a
diversos actores sociales, es sobre el docente sobre quien parece recaer la
culpa si algo falla.
La infancia y la adolescencia son períodos muy solitarios
—claro, la vida entera lo es, dirán— y es una realidad que cada vez más los
padres ven en el colegio la posibilidad de un receso, de un aplazamiento de su
rol de compañeros.
El pago de una mensualidad o un semestre pareciera a veces tener la función de garantizar aprendizaje,
autoestima, salud mental y además independencia en los estudiantes.
Entre tanto, los noticieros nos muestran con absoluto morbo
y falta de respeto la historia de los suicidios cada vez más frecuentes entre estudiantes de colegio, y sin respeto por el duelo de padres y compañeros exponen detalles que apuntan a los profesores que les hicieron perder el año, que no los escucharon, como responsables, indiferentes hacia esa persona que tenían frente a sí, cinco días
a la semana, durante ocho horas al día.
Se culpa a los docentes de no haber estado ahí, de no haber sido un
mejor ejemplo.
Independientemente de la ya hecha cliché victimización del
docente que se enfrenta a un trabajo mal pagado
y sin motivaciones, pero que le exige investigar, publicar, capacitarse,
es hora de decir que nada de esto justifica la negligencia de muchos profesores
que pierden de vista que ellos también son responsables del cuidado de los
niños; sin embargo, eso dista mucho de hacerlos culpables de tragedias como las
ya señaladas.
Otros casos, como el de
Fabio
Andrés Salamanca Danderino , un
hombre de 23 años que con su Audi embistió borracho a un taxi provocando la
muerte de dos jóvenes y que no ha podido ser procesado pues se encuentra
internado en la clínica por estrés, parecieran también apuntar al sistema
educativo, hacia el docente, pero desde otra perspectiva.
Para muchos de nosotros es ridículo que Salamanca alegue
estrés para no ser judicializado pues sabemos que si no tuviera el dinero que
paga un auto como el suyo, tampoco podría pagar los abogados que permiten llevar a cabo tal maniobra. Es
claro que Salamanca está en una posición mucho más cómoda que muchas personas
que cometan la misma canallada debido a su posición económica. Sin embargo, ha
llamado mucho mi atención el hecho de que constantemente se aluda en los comentarios
en Twitter y el mismo foro de la noticia sobre su caso, al hecho de que estudie
en determinada universidad, pero más allá de eso, me inquietan los comentarios
que señalan a su educación formal, académica, como la responsable de que esta
persona sienta que está por encima de la ley. “A los ricos les enseñan a pasar
por encima de los demás”, “eso es lo que
aprenden los uniandinos”, “todos esos riquillos aprenden lo mismo” me hace
retornar a pensar en esas exigencias
ridículas que la “vocación” docente parece demandar.
Responsabilidad social, consciencia, sentido ético,
sobriedad, sentido común, respeto por la vida, parecieran ser una
responsabilidad directa de los docentes nuevamente. Y paradójicamente vemos
padres que pagan cantidades astronómicas en los colegios y universidades de
élite para conseguir que así sea mientras que desde el punto de vista del
ciudadano común pareciera que éstos
pagaran para garantizar que sus hijos son eximidos de la necesidad de adquirir
estos aprendizajes.
Por supuesto es indignante toda situación en la que
cualquier persona a razón de su dinero y conexiones puede, o se cree capaz, de
pasar por encima de las leyes que se supone deben protegernos a todos. Sin
embargo, ¿es realmente válido asociar el prejuicio de clase a la formación
académica y la responsabilidad docente
para analizar estas situaciones?
En ese sentido, mi pregunta central se dirige hacia los
famosos rankings de calidad educativa en Colombia, cuyo único punto de
referencia es la prueba SABER 11, antes conocida como ICFES. Hoy precisamente en Las dos orillas, el
artículo “Los
colegios de la elite: los más caros pero no los mejores” señala cómo de acuerdo a dicha clasificación,
los colegios más caros del país están lejos de ofrecer la mayor calidad
educativa y los hace ver, en cierta manera, como una especie de clubes sociales
donde la élite junta a sus hijos con los de su clase. Tal vez esto último que
digo sea fuerte, pero no lo suprimiré pues, por más viciado que suene, parece ser
el mensaje entendido por muchos de los lectores y no sólo eso, sino que
seguramente es la percepción real de muchos de esos padres de élite; puede ser
una realidad para muchos de los estudiantes de dichas instituciones.
A pesar de lo anterior, la generalización es perversa, tanto
como —y de esto no tiene culpa el artículo— el establecimiento de una relación
entre precio y calidad educativa que, desde mi perspectiva, sólo refuerza la
idea —que para mí es una realidad— de que la educación está dominada por una
lógica mercantilista en la que el docente es solamente un prestador de
servicios y en la que el cliente siempre tiene la razón.
Muchas razones pueden esgrimirse para esta aparente
disparidad entre costo y calidad, más allá de las vinculadas a los marcadores
de clase y estatus asociados a la conformación de una élite. En primer
lugar, la prueba SABER 11 simplemente no
es una prioridad, sino una obligación; donde verdaderamente se ven los
resultados de los procesos de dichas instituciones es en las pruebas
internacionales. Adicionalmente, muchos de estos colegios no siguen
completamente el currículo colombiano y no sólo por una pretensión burguesa de
internacionalización o un desdén elitista sino porque tal currículo ha dejado
de ser competitivo en el nivel mundial y muchos de sus estándares deberían ser
revisados juiciosamente pues no siempre tienen en cuenta las particularidades,
los diferentes estilos de aprendizaje y las nuevas herramientas para el mismo
de sus estudiantes. Por otra parte, la prueba en sí misma, desconoce las peculiaridades de las
instituciones internacionales de modo que por ejemplo, desde el año pasado es
obligatoria para todos los estudiantes de los mismos así sean extranjeros y
sólo hayan estudiado, digamos, un año dentro del sistema educativo
colombiano. De este modo, debemos llevar
el análisis sobre la calidad educativa más allá del ránking y la relación
precio-calidad que me parece más aplicable para los supermercados que para los
colegios.
A la luz de todo lo anterior, me parece pertinente que nos
fijemos en qué tanto nuestra idea de la educación y específicamente de la
docencia está alimentada por una cantidad de prejuicios que en vez de alimentar el debate y
permitirnos pensar en formas de mejorar
las condiciones de estudiantes y docentes alimentan discursos de odio y
banalizan una discusión tan importante como la de la calidad educativa.
Que no hagamos del asunto una pelea de estereotipos, ése es
el reto.

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