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martes, febrero 12, 2013

Desde que aprendí a hablar sólo quise un regalo de Navidad. O de cumpleaños. Desde que aprendí a hablar quise no estar sola. Esto no es sobre mí, es sobre ese regalo. Soñaba con él cuando era pequeña y aunque cuando llegó ya no lo era tanto, no pude, ni puedo evitar sentir esa alegría inocente y cálida en mi interior. Como si todo tuviera un sentido y como si esa palabra "hogar" no fuera sólo una memoria borrosa.
Mi regalo y yo sobrevivimos a la felicidad. Porque fuimos felices. Y lo somos. Es sólo que ahora lo somos de otro modo y en otros lugares pero sobre todo, adentro de nosotros.
Tuvimos la misma casa, la misma carne, y sin embargo, nuestros pasados, nuestros inicios, son tan distintos, tan particulares, que a veces no es posible creer que seamos hijos de los mismos padres. Porque mi regalo, el mayor regalo, el regalo que tanto anhelé durante toda mi infancia, es mi hermano.
Algún día mi hijo se irá lejos, mis padres morirán y el amor, sabemos, no es algo sobre lo cual se pueda tener certeza alguna. Ahí aparece este personaje. Tal vez me muera yo primero y ruego al cielo que así sea.
Tuve temor de perder a mi hermano tres veces en la vida: dos cuando era un bebé y una hace cuatro años. Nunca sentí tan fuerte la soledad como entonces. Nunca he tenido tanto miedo en la vida. Debe ser porque durante los últimos veinte años mi única conexión con la tierra, la mayoría de las veces, ha sido su presencia. No por nada su nombre es "el de raíces fuertes" y "el elegido por los dioses".
Compartimos tanto dolor y tanta dicha, mi hermano y yo, tantos secretos, tantos gestos y una complicidad tan profunda que nadie, nada, nunca, puede penetrarla. Podemos comunicarnos de una forma que a veces nos excede, incluso a nosotros dos.
Mi hermano es mi lugar a donde regresar.
Esto es cursi, suena cursi, pero es cierto, así que me importa muy poco, poquísimo, si suena o no como una postal sentimental barata. Es lo que hay acá, adentro de la coraza, en el fondo de todo, en el interior bien oscuro, esa claridad, esa certeza. Nadie me ha perdonado tantas veces y nadie se merece más mis lágrimas y mis disculpas. Y nadie me ha enseñado más sobre ser madre que este hermano mío al que
la vida dotó con un talento especial para amar.
Así que todo esto es para decir que hoy, hoy hace 20 años, más o menos a esta hora, mientras estaba en clase de Sociales, mi hermano se abría paso hacia este mundo y que bendigo y agradezco esa hora y ese día. Y espero ser digna de ese regalo.
Hermano mío, ¡feliz cumpleaños!

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