Everybody Hurts...
martes, diciembre 04, 2012
Acabo de leer un tuit en el
que un amigo señala ese talento que tienen algunas personas para voltear cada
conversación para hablar sobre sí mismas. Supongo que algunas veces he sido esa
persona en alguna conversación pero si así ha pasado espero que quien lo haya
padecido me perdone, especialmente porque no hay nada que me moleste tanto
últimamente como eso. He estado algo alejada de personas que aprecio porque mi
vida en los últimos días es una queja constante y no quiero molestarlos pero
—bueno, no soy tan mustia ni considerada— especialmente, porque a pesar del
amor, no logro soportarlas.
“Everybody hurts” por supuesto, Michael Stipe, y nadie sabe
cómo se siente el dolor de otros pero, por favor, hay que guardar un cierto
sentido de las proporciones. Todo el mundo se enamora y todo el mundo trabaja y
todos tenemos una familia y tenemos derecho a quejarnos y a que todo nos sepa a
mierda, pero, de verdad, intentemos no hacerlo cuando alguien nos busca para
hablar, para contarnos algo verdaderamente grave, algo que le preocupa y puede
estar acabándole la vida. No es lo mismo llorar por un pellizco que por una
fractura.
El dolor no es una competencia y parece ser que a veces hace
falta experimentar uno muy grande para entender esto. El asunto me recuerda a
mi abuela, adorable, hermosa pero que tiene esa fastidiosa costumbre de tener
un dolor más grande que el mío. No es cosa de la edad, ha sido así desde niña
según cuentan sus hermanas y mi propia madre. Si uno la llama a decirle que
tiene dolor de cabeza, ella tiene el doble. Si uno tiene gripa, ella tiene
neumonía. Si uno se cortó un dedo, a ella le amputaron un brazo. Y ahí sigue,
sana, como espero que sea por mucho tiempo. Yo la adoro, pero ahora procuro que
no hablemos de enfermedades cuando la llamo o la visito. Es por su propio bien,
ella misma se angustia por sus magnificados malestares.
Sin embargo, no todo el mundo es mi abuela y no hay razón
para tener la misma paciencia. Sobre todo porque a veces, esas personas que le
hablan a uno tanto de sus tristísimas tragedias personales, reales o
imaginarias, no soporta que uno le cuente sobre sus pequeños sobresaltos,
enfermedades, decepciones o brotes psicóticos. Como si las cosas solamente
importaran cuando tienen que ver con ellas mismas. Como si su piel fuera más
sensible que la de los demás. Como si fueran las únicas con derecho al drama.
Yo amo el drama, supongo que también tengo derecho a echarme a morir cada vez
que se me parte una uña, pero, entonces, cuando busco a alguien para que
hablemos de mi uña, la que está pegada a mi dedo, agradecería mucho que nos concentráramos
en ella y luego, cuando me de cuenta de lo ridículo que es todo ese escándalo, sí
podemos hablar de lo especiales y hermosas e irrompibles o frágiles que son las
uñas de mi interlocutor.
Nadie sufre en cuerpo ajeno, pero claramente hay
padecimientos que no se comparan a otros y que merecen al menos respeto,
escucha.
Supongo que ya dirán algunas amistades que lo digo
precisamente yo, que me quejo tanto, y que estarán prontas a señalar que en
cambio ellas sí me escuchan con atención. Y habré probado mi punto.

2 comentarios
bueno te dejo un comentario , tienes cosas muy buenas pero, quejarse no creo que se te da bien , un saludo y adelante
ResponderBorrarHay que llevarla...
ResponderBorrarVerifique la conexión cerebro-teclado.