Máquina
sábado, junio 23, 2012
A veces es como un puño en el centro del pecho, una
intensidad, un aplastamiento, una concentración de dolor acompañada de
inmovilidad. A veces es un nudo en la garganta, una dificultad para respirar,
un intento del alma o el loqueseaquehayaadentrosihayunadentro que necesita
escapar de esto que se mueve y ve y siente y que desprecio. Otras veces es una
ceguera. Una ceguera roja.
Podría decir que es una dificultad para pensar con claridad.
Pero ésa es una condición permanente.
Intento. Intento no fijarme, no recordar, no intentar
explicármelo, no querer saber las causas y los modos y las soluciones. Tenía
grandes expectativas. Tenía afán. Pero la vida pasa lento para el deseo y
rápida para la frustración. Toda esta adolescencia recurrente que impide aceptar
que la cosa es lo que es y que excede mis fuerzas y mis posibilidades. Y la
alegría.
No puedo negar el gozo, la sonrisa, el gemido, la caricia,
la satisfacción, el miralobienhechoquetequedóestoquerida, la dicha de aprender cosas -o fingir que te interesa-, la
gracia de encontrar manos, ojos, presencias que no estaban. Está bien. Todo
está muy bien. “Sin duda”.
Pero a veces ocurre. Me excede. Un trapo rojo me cubre los
ojos, mi cuerpo se incendia, mi pecho carga cadáveres que se pudren lentamente
y me corroen, me hieden, me gritan hasta la sordera. Piden entender y piden
destruir.
No lo reduzcamos al resentimiento, la rabia, la indignación,
el fastidio o el estorbo. Es más grande. Es una incompatibilidad absoluta de mi
vida y mis pensamientos y mis palabras y mis voces y todas las nosotras que
somos yo y estamos aquí viendo cómo todas las letras de las canciones que
cantaba frente al espejo cuando era niña y cuando era vieja se convierten en
una pila de basura que se incendia y no importa, no importa para nada la
felicidad ni la calma aparente, ni esa mentira que nos inventamos para
consolarnos con la decepción de no ser la moneda que más brilla en el fondo del
estanque a la que le pusimos el nombre de “estabilidad”. Una incomprensión
total de lo nadie que somos.
Común. Corriente. Lo cual es bueno, pero no necesariamente
bueno. Incluso si quieres, incluso si necesitas. Ahora no vengas a decirme que
no entiendes o a conmiserarte o a consolarme. Ahórrate las buenas intenciones
porque no hay nada que duela ni nada que necesite ser arreglado. Porque
estamos, todas adentro de esta caja, lo mejor que podemos estar y que ése no
sea uno de los escenarios que imaginamos no es un problema. No estábamos
preparadas para la felicidad pero aprenderemos, así sea a fingir, como con los
cubiertos. Supongo que la felicidad no es una meta porque llegué acá y me
siento igual que entonces y especialmente porque a nadie se le ha ocurrido
darme una medalla así que te informo que todo ese asunto era un chiste y que no
tenemos porque llorar o enviar una carta de reclamación.
Si lo creíste se vuelve la mar de gracioso, fíjate.
Y con respecto a esos momentos los llamaremos “un saludable
impulso asesino”, porque si algo tienen que agradecer la salud propia y la pública
es que no tenemos ni la décima parte de las agallas para satisfacer el impulso
tal. Y porque las armas son complejas, caras y allá tú si donde vives las
consigues fácil porque acá no tenemos ni idea ni intenciones.
Saludable porque o si no cómo le hago para darme cuenta de
lo necesario y urgente que es correr y evitar la roca. Esa es otra cosa. Puede que algún
él -no lo nombraremos por que no queremos- empuje la roca todas las mañanas cuesta arriba para verla caer desde la cima
pero ahí, mientras él se da su pausa, yo voy con mis piernas cortas y rollizas,
con mi pecho cansado cortesía de Phillip Morris y mi natural inclinación a la
inactividad, corriendo como nunca/siempre, para que la roca no me aplaste en su
caída. Y si me lo imagino feliz, ya sabemos lo que pasa.
No podría ser más clara al explicar el funcionamiento de
esta máquina.

1 comentarios
Reveladora encrucijada interior.
ResponderBorrarMe gusta.
Saludos ;)
Verifique la conexión cerebro-teclado.