Un millón de amigos menos

viernes, enero 17, 2014

Recuerdo con especial incomodidad las ocasiones en las que he querido irme de una fiesta y no he podido hacerlo, pero recuerdo con mayor incomodidad esas ocasiones en las que pudiendo irme y deseándolo no lo he hecho. Muchas de ellas están lejos, lejos en mi memoria, y casi todas ellas se ubican en mis años de universidad. También recuerdo ir la mayoría de las veces a tomarme la misma cerveza en el mismo lugar a la misma hora para ver las mismas caras y escuchar los mismos chistes; aún así, pasar un buen rato —las primeras 500 de las 1500 veces. No es que tenga algo en contra de la rutina, no soy tampoco una amante de la aventura, pero me aburro con facilidad. Supongo que hubo un momento de mi vida en el que consideré que si todo el mundo lo disfrutaba y yo no, tal vez era porque algo malo había en mí y cedí, aún a costa de mi aburrimiento. Necesidad de logro y pertenencia.

La gente cambia, eso es un hecho, lo que no creo es que la gente cambie de manera simultánea y para poder estar de nuevo en la misma dirección, para seguir conservando los viejos hábitos o adquirir nuevas maneras y gustos de manera grupal. Supongo, tal vez equivocadamente, que cuando en un grupo de amigos todos son tan iguales y están tan de acuerdo es porque alguno está mintiendo. Una vez más, necesidad de logro y pertenencia.
Existe un vínculo muy estrecho entre lo que consideramos logro, triunfo y la pertenencia a una colectividad. Al parecer, lo que logramos no vale de nada si no tenemos quien lo valide, celebre o imite, si no tenemos un séquito de amistades que de corazón sientan el triunfo como suyo y de hecho lo consideren como triunfo, lo valoren del mismo modo en que nosotros lo hacemos. La aprobación del grupo de amigos resulta entonces una inyección de ego que se retribuye con una fidelidad hacia el colectivo cada vez mayor, de manera que en realidad el logro de uno es el de todos y la relación se hace cada vez más fuerte y por lo tanto duradera. Suena grandioso, ¿verdad?
Si consideramos lo anterior, esta relación entre logro y pertenencia es la base de las amistades exitosas y serviría para explicar porque, a pesar del paso de los años, muchos adultos buscan reproducir la experiencia de tener un grupo de amigos con su propio nombre, como los del colegio, que escuche la misma música y vaya a los mismos sitios, como en la adolescencia, y hasta se vista de manera similar, como en, no sé, los Power Rangers. Tal vez allí se encuentre la verdadera amistad, tal vez eso sea el tesoro de las relaciones humanas del que desde tiempos inmemoriales se ha hablado, tal vez de esa manera está más cómodo el hombre. 
De ser así, creo que he fracasado rotundamente. Incluso cuando en la universidad andaba con un grupo enorme de amigos, cuando actualmente me reúna con amigas que son amigas entre sí y de hecho algunas personas me consideraran parte de un grupo —escribirlo ya es bien molesto—, siempre me ha quedado difícil sentirme parte de la mancha. De alguna manera, siempre he sentido que dentro de un grupo no puedo ser amiga del mismo modo con toda la gente ni creo que todos en verdad sean amigos entre sí, y claramente nunca he creído que todo el mundo sea mi amigo, así me caiga bien, compartamos gustos, podamos conversar y todas esas cosas que hace la gente cuando dos o más se reúnen con la ropa puesta. 
Por otra parte, me cuesta, siempre me ha costado creer que uno sólo puede ser amigo de gente que piensa igual que uno, viene de la misma clase social y comparte los mismos prejuicios. A lo largo de mi vida me he juntado con mucha gente a cuyo mundo simplemente no pertenezco y creo que he podido aprender dos o tres cosas de cada uno de ellos. También hay un par que he soportado con estoicismo y que lo único que me han dejado es ira por mi tiempo perdido. A veces es difícil cuando uno va descubriendo que ese al que se considera amigo no sólo piensa diferente o tiene gustos distintos u opiniones políticas lejanas sino que se ha ido convirtiendo en una molestia porque el diálogo se ha agotado, porque no demuestra el mismo respeto que uno hacia él y sus opiniones, o porque de algún modo busca convertirlo a sus creencias. La única solución que se me ocurre al respecto es la distancia. 
Desde hace algún tiempo he procurado entender que hay gente a la que definitivamente no  le interesa mi presencia en sus vidas, pero principalmente, he entendido que hay personas a las que no quiero volver a ver. No lo digo en tono melodramático: el hecho de que no quiera volver a ver a alguien no quiere decir que lo odie o le desee el mal. Tampoco creo que todo el que no quiera ser mi amigo crea que soy una maldita imbécil, pero bueno, eso es sólo lo que yo creo.
El punto es que le he ido perdiendo el miedo a cortar lazos, poco a poco. No lo logro del todo, pero creo que la distancia entre algunas personas que he conocido y yo, nos ha permitido ser más nosotros mismos, mutuamente.  Es poca la gente junto a la cual uno puede ser uno mismo, casi ninguna con la que uno pueda ser todos sus yo a la vez; en las amistades, no es el tiempo ni los gustos, lo que garantiza que así sea.
Tengo un par de amistades de más de 20 años, un gran amigo que conocí hace 15 y vive lejísimos, tal vez 3 de la última década y un par de amigas que conocí hace relativamente poco y por las cuales siento un afecto igual de intenso aunque diferente al que siento por las primeras. He conocido amigos de toda la vida que se harían un favor dejando de hablar entre ellos y gente que se conecta en el primer segundo con mucha mayor honestidad. Adicionalmente, he notado que para algunos amigos —no todos— sus grupos con otros amigos resultan limitantes, controladores, y que no saben cómo salirse de tanto compromiso, cena, café, brunch, pintada de uñas, celebración inventada y ciclovía colectiva.
Así las cosas, creo que dejar de buscar el millón de amigos de la canción puede ser una buena idea para muchos de nosotros. Tal vez con menos público sea más fácil ser uno mismo, decir lo que piensa de verdad y permitirle a otros que lo hagan. Tal vez el propósito de este año deba ser tener un millón de amigos menos.



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1 comentarios

  1. Brutal!

    Siempre rondé entre grupos y siempre he intentado no perder amigos, aquellos que fueron grandes pero le voy también perdiendo miedo a cortar los lazos, y tu post me ha ayudado a coger con más fuerza las tijeras ;)

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