La memoria es un monstruo

domingo, abril 28, 2013


Recuerdo con exactitud el momento en que empezó todo. Íbamos en un bus rumbo a no sé, la porra, cerca a El Tintal, porque había un amigo tuyo que me quería conocer y yo entonces estaba convencida de que era una de esas mujeres que no puede desperdiciar ninguna oportunidad —convicción que me llevó a cometer las peores equivocaciones de mi vida y a ganarme una fama de fácil y de estúpida de la cual casi no logro librarme.
Hablabas de tu vida maravillosa y de tus múltiples amigos y yo, que puedo recordar todos los detalles de esta conversación y el maravilloso abrigo que llevaba puesto, no puedo recordar mi edad entonces. No entiendo por qué razón todos mis recuerdos de la adolescencia son como una sopa, un revuelto espeso y caliente sin orden ni concierto al que casi nunca me provoca darle una probada. Hoy es distinto. Porque las palabras que me dijiste tú, que me hablabas de lo fabulosa que era tu universidad, de la cantidad de hombres que conocías, de lo mucho que te costaba ahuyentarlos a veces, jamás se me han olvidado.
Muchos años después alguien, tan parecido a ti en tantas cosas, un hombre, me diría algo que jamás logré olvidar, algo en lo que pienso todos los días y que a veces me impide concentrarme en mi trabajo. La memoria es una cosa desconcertante. La memoria es un monstruo.
En el bus me contaste sobre tu nueva banda y cómo ahora, de la noche a la mañana, sin haber mostrado nunca mayor interés por la música que haberte acostado con un baterista, eras vocalista y bajista de   l a   p a n a c e a  l a  n u e v a  g r a n   c o s a  d e l  r o c k  c o l o m b i a n o .  Por celos, por envidia, porque era una niña y porque era una gran tonta, mentí diciendo que yo no tenía algo así como una banda, pero que estaba tocando con unos amigos. Sin embargo, a pesar de que mentía con frecuencia, siempre fui una pésima mentirosa. Era obvio que lo que no quería era admitir que mi vida no era tan movida, tan llena de emociones ni pretendientes ni borracheras ni fiestas, que seguía siendo amiga de los mismos cinco tipos de los que fui amiga toda la vida y que ellos me trataban más bien como el clásico “amigo con tetas”.
Tú no eras nadie, digamos, cercano, central en mi vida. Dejé de verte casi un año, al graduarnos del bachillerato, y allí estabas, de nuevo, y no sé por qué para mí era tan importante lo que tú creyeras sobre mí.
Pero fuiste más lista que yo, que francamente padezco a veces de una falta de sal en la mollera preocupante. Me dijiste, palabra por palabra: “De todas las personas que conozco en el mundo, la menos especial, la más normal, la más estándar, es usted. Yo la conozco, Cruz, no me diga mentiras: usted es lo más común, corriente y aburrido que existe”. Tal cual.
No recuerdo que respondí, alguna estupidez, alguna vaina balbuceante y avergonzada, todo eso para disculparme, para pedir que por favor, por favor, perdonaras mi ridiculez, mi pretenciosidad. Lo que sí tengo en la mente es que me dijiste que no había problema, pero que tuviera en cuenta que como amiga me advertías que esas cosas mías de creerme especial o importante o inteligente no me iban a llevar a ninguna parte, que aceptara que mi destino era ser, así dijiste “una hormiga más”, como todos. No tengo la más remota idea de por qué eso me hirió tanto entonces y por qué no pude decir que estaba bien con la idea de ser una hormiga, ni explicarte que yo no creía ser tan inteligente como parece que quería hacerle creer a todo el mundo que creía, y que definitivamente no creía que pudiera seguir estudiando Artes porque bueno, estuve un tiempo en la clínica por haberme tomado un montón de pastillas y caí en cuenta en todo ese tiempo que tuve para pensar —porque no había absolutamente nada más que hacer entre las comidas y la terapia ocupacional— de que no tenía talento sino escasitamente para no tomar tan malas fotos y que si mis profesores me habían dado buenas notas entonces, en la facultad de Artes había un gran problema de disociación de la realidad.
Tú no sabías nada ni tenías por qué saberlo. Nos volvimos a ver y me estabas haciendo el favor a mí, “la amiga fea”, de llevarme a conocer un tipo maravilloso al que le gustaban las “viejas como usted que escuchan esa música y no joden”.  Porque en ese entonces, nunca jodí. Y todos sabemos que joder era pedir cosas, así fueran cosas tan simples como reciprocidad.
Me costó mucho trabajo entender que estaba siendo una pendeja. Me costó mucho entender que desprecié a personas que veían en mi cosas que yo no podía creer que tenía, todo por andar detrás de personas en las que creía ver cosas que jamás tuvieron.  Era un cliché con piernas: tan ruda y tan hago-lo-que-quiero que lo quería era dejarme hacer para evitarme la fatiga.
Cuando digo que todo empezó ese día no sé bien a qué me refiero con “todo”. Lo que sé es que cada vez que veo tu cara en mi cabeza, cada vez que recuerdo esas palabras es porque se me está abriendo un hueco en el pecho porque a veces —aún ahora, 15 años después, cuando todo parece estar solucionado y mi vida marcha y soy, creo, feliz—, me gustaría entender por qué estaba entonces yo tan triste, tan pendiente de toda esa nadería y por qué, pasado tanto tiempo, pienso en ese momento y me dan ganas de llorar.
Llorar por los talentos y los dones que admiro y no poseo. Llorar por la fuerza y la constancia que me faltan. Llorar por mi tendencia natural a no querer decepcionar a nadie y sin embargo hacerlo. Llorar por el asco que me da esta disposición constante al llanto en la que vivo.
Tiempo después desapareciste de mi vida. Fuimos amigas tal vez unos 3 o 4 años más. Mi hijo nació. Tu hija nació. Me robaste una cámara que me había regalado mi padre y yo me quede con un CD de Rancid que dejaste una vez en mi casa.  Por un tiempo intenté ubicarte a través de tu familia, de amigos en común. Luego me rendí.
No creo que sienta algún tipo de rencor hacia ti, porque una cámara tampoco es una cosa para morirse y lo que me dijiste pasó hace tanto que si te vuelvo a ver, y espero que así sea, lo que quiero es que tu vida siga siendo fabulosa. Lo digo en serio.
Hoy te recordé porque intenté algo y fracasé.
Y como además de aburrida soy terca, lo intentaré de nuevo.

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3 comentarios

  1. Siempre es bueno volver a intentar otra vez, sobre todo cuando algo vale la pena.

    Besos ;-)

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Navegando hoy, por alguna razón, encontré su blog y me ha tenido la noche leyéndole.
    Sé que es un comentario sin relevancia, pero no resistí la idea de escribirle.
    ¡Gracias!, sólo eso.
    Sé que es un atrevimiento, pero me sentí identificada con muchas de sus palabras y me reconforta pensar que algunas ideas similares a las mías, cruzaron por la cabeza de alguien más. Sin ánimo de parecer más rara, espero continúe con las entradas, es un espacio muy valioso. Me ha ayudado a sentirme más tranquila en este desvelo.
    Saludos de esta extraña y perdón si soy inoportuna.

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