Síndrome de Helena de Troya
miércoles, febrero 16, 2011Head of Helen. Antonio Canova. (1819) Fotografía: Araldo De Luca
Como si fuera real la piel de porcelana o la sonrisa recorrible o la lozanía de las rosas. Como si fuera real el olor secreto o la cadena de perlas o cualquier tipo de metáfora gastada encarnada en su cuerpo. Camina así, con la idea de ser inalcanzable. Pero ha estado a la mano de todos, de una u otra forma. No es verdad que exija, porque sabemos que se conforma con poco. Con cualquier cosa que sea una promesa de halago o cercanía. Padece el síndrome de Helena de Troya. Quiere ser un trofeo porque necesita darse algún valor. Es como tú, como yo, como cualquier prostituta que vende su sexo imaginando entregar su corazón porque de otro modo la violencia de la carne podría destrozarle.
Está en cada lugar en donde mires. En el escritorio vecino, creyendo ser tu luz en cada uno de sus movimientos. Está en el otro lado de la pantalla figurándose objeto de deseo y admiración, olla de oro al final del arcoíris, el epítome de las vulvas, el único y resplandeciente coño dentado que va a devorar tu pobre alma. Está en el otro lado de la damisela en apuros, de la falsa sofisticación, del exotismo de tres en mil.
Como si fuera realmente algo. Como si fuera más que un simulacro. Caminando en círculos, siempre regresando, siempre ávida de esa candidez, de esa esperanzada y solitaria alma que se cree presencia sombría y no es más que frágil criatura. Esta en esa voz que finge no llamar, en eso que no dice, en eso que tú crees que imaginas. Es una trampa. Y sin embargo, debe ser venturoso, de algún modo, resignarse a que sus dientes rían ante la inocencia de tu amor estúpido, de tu falsa fortaleza, del provincianismo infantil de tu corazón.
Es bello. Es estúpido. Es cobarde. Es la única forma del amor que te será posible.
No eres Paris.


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